viernes, 12 de diciembre de 2014

El mundo según Monsanto


El mundo según Monsanto (Le monde selon Monsanto) es un documental francés sobre esta gran empresa de la alimentación. Dirigido por Marie-Monique Robin, explica el negocio que suponen los transgénicos para Monsanto.
Desde 1901, fecha en que se fundó la empresa estadounidense, ha ido acumulando infinidad de procesos penales debido a la toxicidad de sus productos, aunque hoy se presenta como una empresa de «ciencias de la vida» reconvertida a las virtudes del desarrollo sostenible. Gracias a la comercialización de las semillas transgénicas (más del 90 % del mercado mundial), Monsanto no sólo controla una parte importante de la alimentación mundial y la forma en que se produce, sino que pretende extender su poder sobre las formas de vida tradicionales de una parte importante del planeta.
Basándose en documentos inéditos, testimonios de afectados y víctimas, campesinos, reconocidos científicos y destacados políticos, El mundo según Monsanto reconstruye la génesis y desarrollo de este gigante industrial, la primera productora mundial de semillas, una empresa que, según declaran sus responsables, «sólo busca nuestro bienestar».

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Lección que no podrán enseñar

Reproduzco la carta de D. José Mompeán García, publicada en XL Semanal el 3 de agosto de 2014. ¿En qué momento y por qué, entre la generación de nuestros abuelos y la actual, perdimos el rumbo? ¿Seremos capaces de volver sobre nuestros pasos y retomar el camino correcto, o bien optaremos por seguir por la senda del egoísmo, el materialismo y el cainismo?


Hace unos años, cuando este país marchaba viento en popa a toda burbuja, en mitad de una conversación con mi abuelo, éste me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Actúa en la vida como creas que debes, pero intenta rendirle cuentas a la obligación antes que a la diversión; alcanza los objetivos que te propongas con humildad y honradez; y no permitas que tu felicidad suponga la desdicha de otro». Fue la última de las lecciones vitales con las que mi abuelo alimentó mi espíritu. Unos días más tarde falleció. Hoy, el gélido invierno del desempleo ha congelado mi vida laboral. Pero en estos duros momentos las palabras de mi abuelo me otorgan una fuerza inaudita que me permite andar por la vida con la cabeza alta; algo que no pueden hacer aquellos que se han esforzado en convertir España en un territorio de chacales, donde políticos de moral laxa, empresarios sin escrúpulos o usureros que roban a los pobres para dárselo a los ricos campan a sus anchas. En el fondo, cuando la indignación me lo permite, siento lástima por quienes, como ellos, no podrán mirar con ojos sinceros a sus nietos para enseñarles tan importante lección.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Promoción aleatoria


Veamos una serie de teorías relativas a la gestión empresarial:
• Según el principio de incompetencia de Peter, «En una organización, las personas que realizan bien su trabajo ascienden a puestos de mayor responsabilidad hasta que alcanzan su nivel de incompetencia.» Todos estamos hartos de ver casos que la corroboran, especialmente en organizaciones altamente jerarquizadas.


• Mucho antes, Ortega y Gasset ya había formulado una teoría en la que se basa el principio anterior: «Todos los empleados deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes.»


• Además, tenemos el efecto Dunning-Kruger, un fenómeno psicológico en virtud del cual las personas con escasos conocimientos tienden sistemáticamente a pensar que saben mucho más de lo que saben y a considerarse más inteligentes que otras personas más preparadas, mientras que, como contraposición, éstas son más proclives a subestimar su nivel de competencia. Así, los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su propia habilidad y son incapaces de reconocer tanto su falta de preparación como la habilidad de otros. No obstante, una vez formados para aumentar sus conocimientos, pueden llegar a reconocer y aceptar su incompetencia previa.


• Por último, el principio de Dilbert afirma que las empresas tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar.


Todo lo anterior quedó probado en el año 2010 por medio de una fórmula matemática que demuestra que las organizaciones se vuelven más eficientes si ascienden a su personal al azar.


Dicha demostración fue galardonada en la categoría de Dirección de Empresas con el premio Ig Nobel, parodia de los Premios Nobel en la que se premian logros científicos que «primero hacen reír y luego hacen pensar».

Dude, Where’s My Country? y XI

(Traducción de un extracto del capítulo Poda de arbustos y otras labores de limpieza para la primavera del libro de Michael Moore ¿Tío, qué han hecho con mi país?).


Varios meses atrás, en los días previos a la invasión de Irak, estaba zapeando canales y me topé con un general hablando en la CNN. Suponiendo que no era sino otro de esos bustos parlantes de militares retirados que habían brotado como setas en todas las tertulias, me dispuse a cambiar de canal. Sin embargo, dijo algo que me llamó la atención y seguí escuchando. En realidad estaba cuestionando la sensatez de Bush al atacar a Irak. Mucho antes de que se hiciera público que Bush y compañía estaban engañando al pueblo estadounidense sobre las «armas de destrucción masiva» en Irak, estaba cuestionando si, de hecho, Irak era una verdadera amenaza para los Estados Unidos. ¡Hala! ¿Quién era este tipo?


Su nombre era Wesley Clark. El general Wesley Clark. El primero en su promoción en West Point, alumno de Rhodes en Oxford, comandante en jefe de las fuerzas aliadas de la OTAN e inscrito como votante demócrata en Arkansas.


Comencé a investigar sobre él, y esto es lo que descubrí:
• Está a favor del derecho a decidir y es un firme defensor de los derechos de las mujeres.
• Está en contra del recorte de impuestos de Bush. Esto es lo que dice: «Pensaba que este país se fundó sobre el principio de los impuestos progresivos. En otras palabras, no es sólo que des más cuanto más ganes, sino que también debe ser proporcional porque, cuando no tienes mucho dinero, has de gastarlo en las necesidades básicas de la vida. Cuando se tiene más dinero, hay más sitio para los lujos. Es por eso que creo que los recortes de impuestos fueron injustos».
• Está en contra de la segunda «Ley Patriota» y quiere que se reexamine la primera. Esto es lo que dijo: «Uno de los riesgos que se corre en esta operación es que se está renunciando a algunas de las esencias de lo que son los Estados Unidos para obtener justicia, libertad y el imperio de la ley. Creo que hay que ser extremadamente cuidadoso cuando se acortan esos derechos para llevar adelante la guerra contra los terroristas».
• Está a favor del control de las armas de fuego. Según Clark, «En general, tengo unas veinte armas en casa. Me gusta la caza. He tenido armas toda mi vida, pero las personas a las que les gustan las armas de asalto deberían alistarse en las fuerzas armadas: aquí tenemos ese tipo de armas».
• No está a favor de enviar las tropas a Irán o de continuar con esta palabrería del eje del mal. «Lo primero que tenemos que hacer es utilizar el multilateralismo, con todas sus ventajas,» dice Clark. «El multilateralismo, utilizado de manera eficaz, puede llevar consigo grandes presiones económicas y diplomáticas. Lo segundo, creo que hay tener mucho cuidado antes de decantarse precipitadamente por la opción militar, especialmente en el caso de Irán. Desde luego que podríamos volar por los aires algunas instalaciones, e incluso puede que seamos capaces de derrocar su gobierno, pero esa no sería la solución al problema.»
• Es ecologista: «No hay duda de que el ser humano tiene un efecto sobre el medioambiente. Basta con volar sobre los Andes y fijarse en cómo están desapareciendo los glaciares para darse cuenta de que hay algo denominado calentamiento global, que además se está acentuado con la modernización de China y La India.»
• Está a favor de colaborar con nuestros aliados en lugar de tocarles las pelotas: «Realmente, esta Administración no ha sido respetuosa con nuestros aliados. Si queremos tener aliados, hay que escuchar sus opiniones, tomárselas en serio, tener en cuenta sus puntos de vista.»


Si lo que necesitamos para echar a estos cabrones y hacer el trabajo que los demócratas deberían haber hecho en el 2000 es un general a favor del derecho a decidir, ecologista, que cree en la Sanidad universal y en que la guerra nunca es la mejor solución para un conflicto, entonces estoy preparado.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Una década después del 11S: Somos lo que detestamos



Llegué a Times Square alrededor de las nueve y media de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Una gran multitud se había quedado paralizada delante de las pantallas gigantes. En lo alto, por encima de las pantallas, se podían ver las nubes de humo que salían de las dos torres del World Trade Center. Según decían muchos entre la multitud, dos aviones se habían estrellado contra las torres. Salí disparado hacia la redacción del New York Times en el 229 W de la calle 43, cogí unos cuantos cuadernos de notas, me colgué al cuello mi pase de prensa para poder atravesar los controles policiales y tomé la autovía del West Side hacia el World Trade Center. La carretera estaba cerrada al tráfico. Caminé entre corrillos de técnicos de urgencias, policías y bomberos. Los camiones de bomberos, vehículos de emergencia, ambulancias, coches de policía y camiones de rescate estaban al ralentí sobre el asfalto.


La torre sur se derrumbó alrededor de las diez de la mañana con un rugido gutural. Enormes nubes grises de humos nocivos, polvo, gas, hormigón pulverizado, yeso y restos humanos convertidos en arenilla envolvían ondulantes el Bajo Manhattan. El sol quedaba oculto. La torre norte se derrumbó una media hora después. El polvo pendía como un sudario sobre Manhattan.


Entre grupos de policías y bomberos aturdidos y cubiertos de cenizas, me dirigí hacia el lugar donde hasta hace unos minutos se levantaban las torres. Saqué un cuaderno para hacerles alguna pregunta, pero no podían articular palabra. Desolados, negaron con la cabeza y se abrieron paso cuidadosamente con la mano. Para cuando llegué a la zona cero, se había convertido en un paisaje lunar; pisos enteros de las torres se habían derrumbado como un acordeón. Saqué trozos de papel de un piso, y un poco más abajo había papeles de oficinas de treinta pisos más arriba. Pedacitos pequeños de los cuerpos de las víctimas —un pie en un zapato de mujer, un trozo de una pierna, parte de un tronco— yacían esparcidos entre los escombros.


Montones de personas, quizás más de doscientas, se abrían paso entre el humo y el calor para saltar hacia su muerte desde las ventanas rotas. Algunos lo hacían solos, otros en parejas. Parecía como si se turnaran, cada cuerpo que se dejaba caer dando paso al siguiente. Sus últimos actos de individualidad. Caían durante unos diez segundos, alcanzando los 240 kilómetros por hora, muchos de ellos agitando los brazos o moviéndose como si estuvieran nadando. Sus ropas, y en algunos casos sus paracaídas improvisados de cortinas o manteles, se hacían trizas. Se estampaban contra el pavimento con golpes perturbadores y espeluznantes. Bum. Bum. Bum. Lo que más conmocionaba a los testigos eran los ruidos sordos de los cuerpos al chocar contra el suelo.


Las imágenes de los «saltadores» resultaban demasiado espantosas para las cadenas de televisión. Incluso antes de que las torres se derrumbaran, las imágenes de hombres y mujeres cayendo desde las ventajas quedaron censuradas en las transmisiones en vivo. Los periódicos del día siguiente, incluyendo el New York Times, mostraron imágenes aisladas para después proscribirlas. Así se suprimió el suicidio en masa, uno de los elementos cruciales y fundamentales en la narrativa del 11S. Y aún hoy se mantiene oculto a la conciencia pública.


Los «saltadores» no encajaban en el mito que reclamaba la nación. La suerte de los «saltadores» transmitía un mensaje tan profundo y perturbador sobre nuestro propio destino, sobre nuestra insignificancia y fragilidad en el Universo, que hubo que prohibirlo. Los «saltadores» demostraban que hay umbrales de sufrimiento que provocan una aceptación voluntaria de la propia muerte. Los «saltadores» nos recordaron que a todos nos va a llegar el momento final en el que la única opción que nos quedará, en el mejor de los casos, será elegir cómo queremos morir, no cómo vamos a vivir. Y que es posible morir antes de expirar físicamente.


Sin embargo, la conmoción del 11S exigía imágenes e historias de resistencia, redención, heroísmo, valor, abnegación y generosidad, no de suicidios colectivos provocados por la abrumadora desesperación.


En momentos de crisis, los periodistas nos convertimos en clínicos. Recogemos datos, hechos, descripciones e información básica, y realizamos entrevistas tan rápidamente como sea posible. Encajamos esos hechos en narrativas familiares. No creamos hechos, sino que los manipulamos. Hacemos que los hechos se atengan a la imagen que tenemos de nosotros mismos como estadounidenses y seres humanos. Trabajamos dentro de los confines de la mitología nacional. Convertimos el periodismo y la Historia en un refugio contra la memoria. La pretensión de que el asesinato en masa y el suicidio pueden transformarse en un tributo a la victoria del espíritu humano fue la mentira que transmitimos al público ese día y que hemos seguido contando desde entonces. Como dijo el filósofo francés Maurice Halbwachs, el presente cobra sentido solamente a través de la lente del pasado: «nuestra concepción del pasado se ve afectada por las imágenes mentales que empleamos para solucionar los problemas actuales, de modo que la memoria colectiva es fundamentalmente una reconstrucción del pasado iluminada por el presente. La memoria necesita alimentarse constantemente de fuentes colectivas y se sostiene merced a los apoyos sociales y morales.» Esa noche volví a la redacción abriéndome paso a través de los gases emitidos por las llamas del amianto, el combustible de avión, el plomo, el mercurio, la celulosa y los escombros de los edificios. Me senté frente al ordenador intentando escribir y recobrar el aliento. Todavía tenía colgada del cuello la fina mascarilla de papel. Era fácil identificar a quienes habían estado en el lugar de los hechos ese día, porque a todos ellos les costaba respirar. Casi todos nosotros estábamos convulsionados por la conmoción y el dolor.


Sin embargo, no tardaría en producirse otra reacción. Los que habíamos estado cerca de los epicentros de los ataques del 11S estábamos sobre todo afligidos y apenados. Los que se habían quedado a una cierta distancia se dejaron llevar por la creciente jerga nacionalista y los llamamientos a las hostilidades que no tardarían en triunfar sobre la razón y la cordura. El nacionalismo es una enfermedad que tuve la oportunidad de conocer de cerca en mi labor como corresponsal de guerra. Es irreflexivo. Se trata sobre todo de un sentimiento de exaltación. El reverso de la moneda del nacionalismo es siempre el racismo, la deshumanización del enemigo y de cualquiera que parezca cuestionarse la causa. La plaga nacionalista comenzó casi inmediatamente. Mi hijo de once años me preguntó cuál era la diferencia entre los coches que exhibían banderas pequeñas de los EE. UU. y aquéllos en los que ondeaban banderas grandes de los EE. UU. «Cuanto más grande es la bandera, más gilipollas es el que la lleva,» le dije.


Los muertos del World Trade Center, el Pentágono y Pensilvania se utilizaron para bendecir el ansia belicista del Estado. Cuestionarse las prisas por ir a la guerra equivalía a deshonrar a nuestros mártires. Aquellos de nosotros que éramos conscientes de que los ataques tenían un claro origen en los largos años de humillaciones y sufrimiento que Israel había infligido a los palestinos, la imposición de nuestras bases militares en Oriente Medio y las brutales dictaduras árabes financiadas y respaldadas por los EE. UU., nos convertimos en apóstatas. Nos convertimos en defensores de lo indefendible. Como me gritó Christopher Hitchens en el escenario en Berkeley, éramos «los defensores de los terroristas suicidas».


Como muy poca gente se molestaba en examinar nuestras actividades en el mundo musulmán, los ataques se calificaron de incomprensibles por el Estado y sus perros falderos de la prensa. Quienes llevaron a cabo los ataques fueron tildados de miembros de una cultura y una religión primitivas en el mejor de los casos y probablemente maléficas. El Corán —aunque prohíbe tanto el suicidio como el asesinato de mujeres y niños— se describió como un manual para el fanatismo y el terror. Los atacantes personificaban el choque titánico de civilizaciones, la interminable batalla cósmica entre el bien y el mal, entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Las imágenes de los aviones estrellándose contra las torres y de los heroicos rescatadores que emergían de los escombros se mostraban una y otra vez. El público se veía inundado con las dolorosas historias de los supervivientes y de las víctimas. Las muertes y el derrumbe de las torres se convirtieron en iconos. Los proveedores de guerra y odio se apropiaron hábilmente de las ceremonias de conmemoración, que se convertían en vehículos para justificar la ley del Talión. Así, tal como aquí habían muerto inocentes, no tardaron en morir otros inocentes en el mundo musulmán. Una vida por otra vida. Un asesinato por otro asesinato. Muerte por muerte. Terror por terror. Si antes mencionábamos las religiones malvadas y primitivas, aquí tenemos el ojo por ojo y el diente por diente como ejemplo.


Los acontecimientos que se desarrollaron en las semanas posteriores a los ataques fueron la vieja y conocida batalla entre la fuerza bruta y la inventiva humana, entre los primitivos instrumentos de violencia y la capacidad para la empatía y el entendimiento. Y la inventiva humana perdió contra una lógica despiadada que no habla el lenguaje del entendimiento. Las bocas y las mentes se llenaron de tópicos vacíos y sin sentido sobre el terror que el Estado nos entregaba. Nos convertimos en lo que aborrecíamos. Las muertes se utilizaban para justificar la guerra preventiva, la invasión, la operación «shock y pavor», la ocupación prolongada, los asesinatos selectivos, las torturas, las colonias penales extraterritoriales, acribillar a familias en puestos de control, los bombardeos aéreos masivos, los ataques con misiles y con vehículos aéreos no tripulados, y las matanzas de docenas de personas inocentes, que pronto serían cientos, después miles, más adelante decenas de miles y finalmente cientos de miles. Ocasionamos montones de cadáveres en Afganistán, Irak y Pakistán, y extendimos el alcance de nuestra máquina de matar a Yemen y Somalia. Beatificando a nuestros muertos, cimentando el miedo y el imperativo de una guerra permanente en la psique nacional, y avivando nuestra humillación colectiva, el Estado llevó a cabo crímenes, atrocidades y asesinatos que empequeñecieron lo perpetrado contra nosotros el 11S. Lo mejor que puede hacer la fuerza es imponer el orden. Nunca puede generar armonía. Y la fuerza estaba justificada, y todavía está justificada por los primeros muertos. Diez años más tarde, estos muertos nos atormentan como el fantasma de Macbeth.


«La primera muerte es la que infecta a todo el mundo con la sensación de estar amenazado,» escribió Elias Canetti. «El papel desempeñado por el primer muerto para avivar una guerra nunca está lo suficientemente valorado. Los gobernantes que quieren desencadenar una guerra saben muy bien que deben procurarse o inventarse una primera víctima. No hace falta que sea nadie importante, e incluso puede ser cualquier persona anónima. Lo único que importa es que haya muerto y que todo el mundo crea que el enemigo ha sido el responsable. Se ocultan todas las posibles causas de su muerte excepto una: su pertenencia al mismo grupo al que pertenece a uno mismo.»


Fuimos incapaces de aceptar la realidad de esta matanza anónima porque ello habría significado sacar a la luz la espantosa verdad de que vivimos en un universo moralmente neutral en el que la vida humana, incluyendo la nuestra, puede apagarse con cualquier caprichoso acto de violencia sin sentido; que no tenemos ningún tipo de protección, ni de Dios, ni del destino, ni de la suerte, ni de las supersticiones, ni del Estado.


Todavía no nos hemos dado cuenta de en qué nos hemos convertido, de la funesta erosión del derecho nacional e internacional y de la absurda pérdida de vidas, recursos y billones de dólares para librar guerras que, en definitiva, nunca podemos ganar. No vemos que nuestros propios rostros se han vuelto tan retorcidos como los de los dementes secuestradores que tomaron por la fuerza aquellos tres aviones comerciales hace una década. No nos damos cuenta de que ha triunfado la retorcida visión de Osama bin Laden de un mundo de violencia y terror indiscriminados. Los ataques nos convirtieron en monstruos, malignos espíritus grotescos, sádicos y asesinos que lanzan bombas sobre aldeas con niños y torturan con ahogamientos simulados a quienes secuestramos, despojamos de sus derechos y encarcelamos durante años obviando su derecho a una tutela efectiva. Nos pusimos a actuar antes de ser capaces de pensar y, como consecuencia, una diabólica ansia de violencia nos atrapó en sus garras.


Podríamos haber tomado otro camino. Podríamos haber construido sobre la profunda solidaridad y empatía que recorrió todo el mundo después de los ataques. Incluso en el mundo musulmán, donde trabajé las semanas y meses posteriores al 11S, la repugnancia que provocaron los crímenes perpetrados hace diez años era casi universal. Si hubiéramos permitido que fueran las agencias de inteligencia y los diplomáticos quienes respondieran a los ataques, podrían haberse abierto posibilidades, no de guerra y muerte, sino en última instancia de reconciliación y comunicación, de reparación de las injusticias cometidas por Israel en Oriente Medio con nuestra aprobación. Pero desperdiciamos la oportunidad. Nuestra brutalidad y nuestro triunfalismo, los subproductos del nacionalismo y de nuestro orgullo infantil, reavivaron el movimiento yihadista. Nos convertimos en la herramienta más eficaz de reclutamiento del movimiento islamista radical. Nos rebajamos a su barbarie. Nos convertimos también en terroristas. El triste legado del 11S es que ganaron los más hijos de puta. En ambos bandos.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Oro azul. La guerra del agua


«De pronto, todo resulta claro: el mundo se está quedando sin agua dulce. La humanidad contamina, malgasta y agota la fuente de la vida a un ritmo alarmante. Cada día que pasa, se agranda más la brecha entre nuestras exigencias de agua dulce y las cantidades concretas de las que realmente disponemos y, como consecuencia, aumentan los miles de personas en situación de riesgo. En este momento, el impacto social, político y económico de la escasez de agua se está convirtiendo en una fuerza desestabilizadora. Si no cambiamos drásticamente nuestro comportamiento, entre la mitad y las dos terceras partes de la humanidad tendrán que enfrentarse a una grave escasez de agua dulce durante los próximos veinticinco años.»
Con esta dramática descripción comienza el famoso libro Oro azul de Maude Barlow y Tony Clarke, en el que está basado el documental Oro azul: la guerra del agua.
Premiado en numerosos festivales, el trabajo dirigido por Sam Bozzo plantea con crudeza la posibilidad de que en el futuro las guerras no se libren por el petróleo, sino por algo mucho más básico y necesario para la vida: el agua. Gigantes corporativos, inversores privados y gobiernos corruptos compiten ya hoy por el control de nuestros suministros de agua fresca, que cada vez son más escasos.
El planeta se acerca rápida y peligrosamente a una crisis mundial por el agua en la medida en que  la fuente de vida por excelencia está entrando a formar parte de un mercado global y se convierte en materia de disputas políticas.
Para evitarlo, Maude Barlow y Tony Clarke proponen en su libro una serie de directrices:
1. Promover «constituciones que garanticen un mínimo vital de agua gratuita» para todos.
2. Nombrar «consejos de administración del agua» de alcance local.
3. Luchar por la promulgación de una «legislación nacional que proteja el agua».
4. Oponerse a la explotación comercial del agua.
5. Apoyar el movimiento contra las presas.
6. Hacer frente al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial.
7. Poner en tela de juicio a los «señores del agua».
8. Trabajar a favor de la justicia global.
9. Promover la «Propuesta de tratado en defensa del agua como bien común».
10. Apoyar la celebración de una «Convención Global del Agua».