jueves, 20 de noviembre de 2014

Oro azul. La guerra del agua


«De pronto, todo resulta claro: el mundo se está quedando sin agua dulce. La humanidad contamina, malgasta y agota la fuente de la vida a un ritmo alarmante. Cada día que pasa, se agranda más la brecha entre nuestras exigencias de agua dulce y las cantidades concretas de las que realmente disponemos y, como consecuencia, aumentan los miles de personas en situación de riesgo. En este momento, el impacto social, político y económico de la escasez de agua se está convirtiendo en una fuerza desestabilizadora. Si no cambiamos drásticamente nuestro comportamiento, entre la mitad y las dos terceras partes de la humanidad tendrán que enfrentarse a una grave escasez de agua dulce durante los próximos veinticinco años.»
Con esta dramática descripción comienza el famoso libro Oro azul de Maude Barlow y Tony Clarke, en el que está basado el documental Oro azul: la guerra del agua.
Premiado en numerosos festivales, el trabajo dirigido por Sam Bozzo plantea con crudeza la posibilidad de que en el futuro las guerras no se libren por el petróleo, sino por algo mucho más básico y necesario para la vida: el agua. Gigantes corporativos, inversores privados y gobiernos corruptos compiten ya hoy por el control de nuestros suministros de agua fresca, que cada vez son más escasos.
El planeta se acerca rápida y peligrosamente a una crisis mundial por el agua en la medida en que  la fuente de vida por excelencia está entrando a formar parte de un mercado global y se convierte en materia de disputas políticas.
Para evitarlo, Maude Barlow y Tony Clarke proponen en su libro una serie de directrices:
1. Promover «constituciones que garanticen un mínimo vital de agua gratuita» para todos.
2. Nombrar «consejos de administración del agua» de alcance local.
3. Luchar por la promulgación de una «legislación nacional que proteja el agua».
4. Oponerse a la explotación comercial del agua.
5. Apoyar el movimiento contra las presas.
6. Hacer frente al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial.
7. Poner en tela de juicio a los «señores del agua».
8. Trabajar a favor de la justicia global.
9. Promover la «Propuesta de tratado en defensa del agua como bien común».
10. Apoyar la celebración de una «Convención Global del Agua».

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuarenta consejos para ser feliz


1. Camina media hora todos los días; sonríe mientras caminas.
2. Siéntate en silencio por lo menos diez minutos cada día; enciérrate si es necesario.
3. Escucha buena música todos los días: es un verdadero alimento para el espíritu.
4. Proclama en voz alta cada mañana cuál es tu propósito para el día.
5. Vive con las tres es: energía, entusiasmo y empatía.
6. Dedica más tiempo a jugar que el año pasado.
7. Lee más libros que el año pasado.
8. Mira al cielo al menos una vez al día; date cuenta de la majestuosidad del mundo que te rodea.
9. Sueña despierto más a menudo.
10. Come más alimentos que crezcan en los árboles y en las plantas, y menos alimentos manufacturados en plantas industriales o que requieran un sacrificio.
11. Come arándanos y nueces, toma té verde, mucha agua y una copa de vino al día; asegúrate de brindar con ella por algo hermoso de lo mucho que hay en tu vida y, a ser posible, hazlo en compañía de quien amas.
12. Trata de hacer reír por lo menos a tres personas cada día.
13. Elimina el desorden de tu casa, tu coche y tu escritorio; deja que fluya una nueva energía en tu vida.
14. No malgastes el tiempo en chismes, cosas del pasado, pensamientos negativos o asuntos fuera de tu control; invierte tu energía en lo positivo del presente.
15. Date cuenta de que la vida es una escuela y tú estás aquí para aprender: los problemas son lecciones que van y vienen, y lo que aprendes de ellos es para toda la vida.
16. Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo.
17. Sonríe y ríe más.
18. No dejes pasar la oportunidad de abrazar a quien aprecias.
19. La vida es muy corta como para desperdiciar el tiempo odiando a alguien.
20. No te tomes a ti mismo tan en serio. Nadie más lo hace.
21. No tienes que ganar siempre todas las discusiones; acepta que no estás de acuerdo y aprende de los demás.
22. Haz las paces con tu pasado para que no arruine tu presente.
23. No compares tu vida con la de los demás; no tienes idea del camino que ellos han recorrido en la suya.
24. Nadie es responsable de tu felicidad salvo tú mismo.
25. Recuerda que no puedes controlar todo lo que te sucede… pero sí lo que haces con ello.
26. Aprende algo nuevo cada día.
27. Lo que los demás piensen de ti no es de tu incumbencia.
28. Aprecia tu cuerpo y disfrútalo.
29. No importa lo buena o mala que sea la situación: tarde o temprano cambiará.
30. Tu trabajo no se ocupará de ti cuando estés enfermo, pero tus amigos sí lo harán; mantente en contacto con ellos.
31. Desecha cualquier cosa que no sea útil, bonita o divertida.
32. La envidia es una pérdida de tiempo; tú ya tienes todo lo que necesitas.
33. Lo mejor está aún por venir.
34. No importa cómo te sientas; levántate, vístete y asiste.
35. Disfruta de unas maravillosas relaciones sexuales, siempre en la plenitud de tu ser.
36. Llama a tus familiares con frecuencia y envíales mensajes para que sepan que estás pensando en ellos.
37. Da gracias cada noche antes de acostarte por los logros o éxitos que hayas conseguido durante el día.
38. Recuerda que eres demasiado afortunado como para sufrir de tensión.
39. Disfruta del viaje. Sólo tienes una oportunidad; sácale el mayor provecho.
40. No hay ningún atajo para ser feliz; paradójicamente, la única manera de ser feliz es ser feliz.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Españoles sin glamur

Reproduzco la carta de D. Ángel Roba Rodríguez, publicada en XL Semanal el 9 de junio de 2013, en relación con la entrevista realizada a la mezzosoprano Teresa Berganza unas semanas antes. Seguimos siendo un país de nuevos ricos.


Entrevista a Teresa Berganza en XL Semanal. Leo atónito las siguientes perlas: «Me encanta tomarme una copa de champán francés en el avión. Como en Iberia me ponían cava, me llevaba mi botellita en el bolso». Y continúa: «Las sábanas que no son de hilo o de algodón son insoportables. Pican». Menos mal que más tarde dice que es «una mujer bastante humilde, pero me encanta jugar a ser diva. Por ejemplo, que en el aeropuerto de Nueva York me recoja un chófer negro con un Rolls Royce y me pongan una alfombra roja». Después de soportar esta “dura vida”, dice que desea «suicidarse», ya que «hay cosas que me rodean que no me gustan y me da mucha pena la juventud». Le deseo lo mejor, por supuesto, pero con la que está cayendo sobre este país de infinita paciencia, le rogaría que mantuviese la boca cerrada y respetase las vidas humildes y el trabajo de los españoles sin glamur.

viernes, 1 de agosto de 2014

Capitalistas y otros psicópatas



Existe un debate recurrente sobre los ricos en este país: quiénes son, qué papel representan en la sociedad, si son buenos o malos. Veamos los hechos. En el año 2010 un estudio llegó a la conclusión de que el 4 % de una muestra de gerentes de grandes empresas se encontraba en el umbral de ser considerado clínicamente un psicópata, en comparación con el 1 % de la población en general. (No obstante, como han señalado los autores del estudio, la muestra no era representativa). Otro estudio concluyó que los ricos son más propensos a mentir, engañar y quebrantar las leyes.


Lo único que me desconcierta sobre estas afirmaciones es que alguien las encuentre sorprendentes. Wall Street es la quintaesencia del capitalismo, y el capitalismo se basa en un comportamiento inmoral. Esto ni siquiera es noticia. Casi tres siglos atrás, el escritor inglés Bernard Mandeville ya lo afirmaba en un poema satírico y al mismo tiempo tratado filosófico titulado “La fábula de las abejas”.


“Vicios privados, beneficios públicos”, rezaba el subtítulo del libro. Un Maquiavelo de la esfera económica —un hombre que nos mostró tal como somos, no como nos gusta pensar que somos—, Mandeville argumenta que la sociedad mercantil crea prosperidad aprovechando nuestros impulsos naturales: fraude, lujo y orgullo. Por «orgullo», Mandeville entiende vanidad; con «lujo» se refiere al deseo de satisfacción sensual. Como sabe cualquier publicista, eso es lo que genera demanda. Por el lado de la oferta, como decíamos más arriba, estaba el fraude: All Trades and Places knew some Cheat, / No Calling was without Deceit («ni casa ni comercio son ajenos a la estafa, / Ninguna profesión se ejerce sin mentir»).


En otras palabras, Enron, BP, Goldman, Philip Morris, G. E., Merck, etc. Fraudes contables, evasiones de impuestos, vertidos tóxicos, violaciones en la seguridad de los productos, manipulación fraudulenta de licitaciones, sobrecargos, perjurio. El escándalo de los sobornos en Walmart, la piratería informática en News Corp. Basta con leer la prensa financiera cualquier día de la semana. Joder a sus trabajadores, perjudicar a sus clientes, arrasar las tierras. Y que el ciudadano pague la factura. Esto no son anomalías; así es como funciona el sistema: salirse con la suya pase lo que pase y eludir responsabilidades cuando les pillan.


Siempre me ha hecho gracia el concepto de «escuela de negocios». ¿Qué tipo de cursos ofrecen? ¿Robar a viudas y a huérfanos? ¿Machacar a los pobres? ¿Salirse con la suya a toda costa? ¿Vivir de la sopa boba? Hace unos años se estrenó un documental llamado “La corporación” que jugaba con la premisa de que las corporaciones son personas para después preguntarse qué clase de gente son. La respuesta era, precisamente, «psicópatas»: indiferentes a los demás, incapaces de sentir culpabilidad, dedicados exclusivamente a sus propios intereses.


Por supuesto que hay corporaciones y empresarios éticos, pero la ética en el capitalismo es puramente opcional y superflua. Contar con la moralidad del libre mercado equivale a equivocarse en los términos. Los valores capitalistas son la antítesis de los cristianos, y la razón por la cual los cristianos más prominentes de nuestra sociedad son también a menudo los más beligerantes partidarios del liberalismo desenfrenado es una cuestión que dejo para sus propias conciencias. Los valores capitalistas son también la antítesis de los democráticos. Como la ética cristiana, los principios del gobierno republicano nos obligan a tener en cuenta los intereses de los demás. El capitalismo, que conlleva la búsqueda exclusiva del beneficio, quiere hacernos creer que cada uno debe apañárselas por sí mismo.


Últimamente se habla mucho de los «creadores de empleo», una frase engendrada por Frank Luntz, el gurú de la propaganda conservadora, siguiendo el espíritu de Ayn Rand. En otras palabras, los ricos merecen nuestra gratitud, así como todas sus posesiones, y todo lo demás no es sino envidia.


Sin embargo, si los empresarios son creadores de empleo, los trabajadores son creadores de riqueza. Los empresarios usan esa riqueza para crear empleos para los trabajadores. Los trabajadores usan la mano de obra para crear riqueza para los empresarios —los excedentes de producción— más allá de los salarios y otras remuneraciones, que se destina al reparto de beneficios. Si bien ninguna de las partes tiene como objetivo beneficiar a la otra, el resultado es exactamente ese.


Además, empresarios y ricos son categorías diferentes que sólo se solapan parcialmente. La mayoría de los ricos no son empresarios, sino ejecutivos de corporaciones ya consolidadas, gestores institucionales de otra clase, los médicos y abogados más acaudalados, los artistas y deportistas con más éxito, meros herederos de alguna fortuna o, por supuesto, gente que trabaja en Wall Street.


Y lo que es más importante: ni los empresarios ni los ricos tienen el monopolio de los cerebros, el sudor o el riesgo. Hay científicos —y artistas y eruditos— que son tan inteligentes como cualquier empresario, con la única diferencia de que les motivan otro tipo de recompensas. Una madre soltera capaz de trabajar y de formarse trabaja tanto como cualquier gestor de fondos de capital-riesgo. Una persona que firma una hipoteca —o un préstamo, o que se queda embarazada— con el aval de un puesto de trabajo que sabe que puede perder en cualquier momento (gracias, tal vez, a uno de esos «creadores de empleo») asume tanto riesgo como un emprendedor que monta su propia empresa.


Los grandes asuntos de política dependen de estas percepciones: qué vamos a gravar y cuánto; cuánto vamos a gastar y en qué o quiénes. Aunque el término «creador de empleo» pueda ser algo nuevo, la adulación que expresa —y el desprecio que tan claramente desprende— no lo son. «Se insta a los estadounidenses pobres a odiarse a sí mismos,» escribió Kurt Vonnegut en “Matadero Cinco”. Y por eso «se mofan de sí mismos y glorifican a sus superiores.» La mentira más destructiva, añadió, «es que ganar dinero es muy fácil para cualquier estadounidense.» La mentira continúa. Los pobres son vagos, estúpidos y malos. Los ricos son brillantes, valientes y buenos, y nos colman con su beneficencia.


Mandeville creía en la teoría de que la búsqueda individual del interés propio podría redundar en beneficio del público pero, a diferencia de Adam Smith, no creía que esto sucediera por sí mismo. La «mano» de Smith era «invisible» —el funcionamiento automático del mercado—. Mientras que la de Mandeville implicaba «la diestra gestión del político hábil» —en términos modernos, legislación, regulación y fiscalidad—. O, como él lo escribió en verso, Vice is beneficial found, / When it’s by Justice lopt, and bound («El vicio puede encontrarse beneficioso, / Siempre que vaya ungido por las riendas de la Justicia.»)