lunes, 25 de enero de 2016

No, gracias


Reproduzco la carta de D. Andrés Sus Mayayo, publicada en XL Semanal el 10 de enero de 2016, que me ha recordado a entradas anteriores de esta bitácora como «La honradez de los españoles» «Corrupción institucionalizada» o «Un país de chiste».

La semana pasada fui a hacerle la revisión al coche y, mientras esperaba para pagar, escuché la conversación entre el cliente que estaba delante de mí y la chica del mostrador. Los dos criticaban con vehemencia la corrupción de nuestros políticos, hablaban de cuánto nos robaban los unos o los otros, de cómo vivían al margen de la realidad y de cómo habría que meterlos a todos en la cárcel. Proferían insultos a diestro y siniestro, escupían palabras como «guillotina», «gentuza» o «sinvergüenzas» y, según lo hacían, se preguntaban por qué teníamos semejante clase política, qué habíamos hecho para merecerlo y cuándo tendríamos por fin políticos limpios que estuvieran a la altura, como en otros países de nuestro entorno. Su indignación crecía cuando hablaban de los recortes, de la Sanidad, de la Educación y de las pensiones, y no entendían cómo se podía despilfarrar y robar tanto dinero que era de todos. Fue entonces cuando la chica le preguntó al cliente si quería factura, a lo que este contestó con toda naturalidad: «No, gracias». Ella asintió y sonrió con complicidad.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Granjas de foie gras




Desde Igualdad Animal hacen públicos los estremecedores resultados de su investigación en la granja de foie gras Momotegi, situada en Oiartzun (País Vasco). Esta granja provee de foie gras al restaurante Mugaritz, considerado tercer mejor restaurante del mundo.

Noticia: http://igualdadanimal.org/noticias/6616/el-secreto-del-foie-gras-de-mugaritz-al-descubierto

Más información en: www.granjasdefoiegras.org y www.foiegrasfarms.org

viernes, 6 de febrero de 2015

Cualquier parecido con la realidad de la I+D en España en la actualidad es mera coincidencia (¿o no?)



Inventó el submarino torpedero en 1888, décadas antes de que se convirtiera en la gran arma del siglo XX. Pero España despreció su hallazgo. Cuando se cumplen 125 años de la botadura de la gran creación de Isaac Peral, indagamos en la fascinante vida de este genio incomprendido.


«Si España hubiese tenido un solo submarino de los inventados por Peral, yo no hubiese podido sostener el bloqueo ni 24 horas». Así lo reconocía el almirante George Dewey, jefe de la Escuadra estadounidense que puso cerco a Santiago de Cuba y que aniquiló a la Armada española en la bahía de Manila (Filipinas) durante la guerra entre España y los Estados Unidos en 1898. «El submarino de Isaac Peral pudo cambiar el rumbo de la historia. Quién sabe si Cuba y Filipinas hubieran seguido siendo españolas...», conjetura Diego Quevedo, alférez de navío destinado en el Museo Naval de Cartagena y experto en la figura del inventor cartagenero. El próximo domingo se cumplen 125 años de la botadura del mayor ingenio tecnológico que España dio al mundo en el siglo XIX: el primer submarino de propulsión eléctrica y capaz de lanzar torpedos, un novedoso buque que copiarían el resto de las flotas navales, con resultados devastadores en las dos guerras mundiales. Ese invento cambiaría para siempre la manera de combatir en el mar. Pero la miopía del almirantazgo y del Ministerio de Marina españoles para vislumbrar su potencial sellaron su desgraciada suerte.


El submarino fue botado en Cádiz el 8 de septiembre de 1888. Diez años más tarde, España perdió su doble estatus como potencia naval y colonial cuando fue barrida por la flota de Dewey con una facilidad insultante. Para entonces, tanto Isaac Peral como su submarino habían corrido una suerte paralela. El inventor había muerto en 1895 en Berlín, ciudad a la que había viajado para operarse de un cáncer de piel. Tenía 43 años y había renunciado a su sueño de seguir construyendo submarinos. Desmoralizado y harto de zancadillas, pidió la baja en la Armada, y esta ni siquiera le concedió una pensión. En cuanto a su submarino, se pudría literalmente en el arsenal gaditano de La Carraca, expoliado de sus elementos de valor y usado como retrete por el personal del astillero. En 1929 fue trasladado a Cartagena. Y ahora acaba de pasar por el taller para hacerle un lifting contra el óxido después de estar décadas a la intemperie. Isaac Peral y Caballero nació en Cartagena (Murcia) en 1851, donde estaba destinado su padre, capitán de Infantería de Marina. A los ocho años presenció el embarque de un contingente de tropas rumbo a Marruecos, y el fervor patriótico le impresionó. Ingresó en la Marina a los 14 años. Navegó en 32 buques. De sus 25 años de servicio, 16 los pasó embarcado. Alcanzó el grado de teniente de navío. Pasó apreturas para mantener a su mujer y sus cinco hijos, sobre todo después de abandonar la carrera militar.


Fue un hombre de ciencia. Realizó cartas hidrográficas. Publicó trabajos sobre álgebra, geometría y huracanes. Cayó enfermo cuando un barbero le cortó por accidente una verruga en la sien y desde entonces se dedicó a la docencia. Era un pionero de la electricidad. La idea del submarino surgió en 1885, cuando la Marina Imperial alemana amenazó con bloquear islas españolas en el Pacífico. Peral pensó que un submarino torpedero podría contrarrestar la superioridad naval en superficie de las grandes potencias. Consiguió que el Gobierno aceptase su proyecto, que resultó muy polémico y tuvo apasionados defensores y detractores. Él mismo diseñó los planos, aunque no era ingeniero naval; y sería también el comandante del sumergible, que tenía una dotación de 12 hombres. La construcción se realizó en Cádiz, donde el buque era visto con cierta guasa y fue bautizado como «el cacharro» o «el puro». Costó 300 000 pesetas de la época, cuando el precio de un acorazado rondaba los 40 millones. El día de la botadura la expectación era enorme. Y también el escepticismo. Un ingeniero pidió al general Montojo que prohibiese el acto. «Vamos a hacer el ridículo. En cuanto este barco caiga al agua, empezará a dar vueltas como una pelota», profetizó. Peral pintó una línea con yeso en el casco y aseguró que el agua no la rebasaría. Y así fue. La maniobra fue un éxito y comenzaron las pruebas de mar. En los meses siguientes el submarino realizó una inmersión, siguió el rumbo fijado, lanzó torpedos... Pero el Gobierno canceló el proyecto. «No pasa de ser una curiosidad técnica sin mayor trascendencia», dictaminó el informe que lo sentenciaba.


No solo eso, Peral fue arrestado por un incidente absurdo. Viajó con su mujer a la Exposición Universal de París. Tenía permiso del capitán general de Cádiz, pero no el del ministro de Marina. Pasó dos meses en una celda. Pero su fama ya era tal que el ministro se vio obligado a ponerlo en libertad sin cargos. «Ofrecí al Gobierno mis ideas y se me han inferido agravios que no creo haber merecido como premio a mis modestos, pero leales servicios», escribió Peral, dolido. Pidió la cuenta y pasó a la vida civil. «Los ingleses le pusieron un cheque en blanco para que trabajase para ellos, pero era un patriota y se negó», cuenta Quevedo. Siguió inventando: un proyector, una ametralladora eléctrica, un varadero múltiple... Y fundó una empresa para instalar alumbrado público en ciudades. Pero incluso entonces se topó con la incomprensión. «Quien pasee por la calle tendrá tremendos encontronazos con los malditos palos», publicó un periódico que veía las farolas no como un progreso, sino como un peligro público.

jueves, 8 de enero de 2015

Lee esto antes del botellón de este finde


Si lee esto algún botellonero (los que sepan leer y escribir, claro está), me imagino que argumentará que lo que tienen que hacer los dueños de los perros es sacarlos a pasear a otra hora o en otro parque que no sea «territorio botellón», o que los servicios de limpieza (SUS servicios de limpieza) deberían ser más rápidos y eficientes recogiendo los restos de la fiestuqui, que para eso papá les paga el sueldo con sus impuestos (aunque cada vez sea más común que los hay-untamientos privaticen este servicio).


Miles de adolescentes hacen botellón cada fin de semana en los parques de toda España. Disfrutan de su ocio en un lugar público. Esto no es noticia. Los jóvenes llevan décadas haciéndolo. Lo que sí es una costumbre reciente y peligrosa es lo que hacen con esas botellas de vidrio que se beben: romperlas. Seguramente nunca les ha dado por pensar que con esos cristales rotos no luchan contra ningún orden establecido, ni ligan más, ni se convierten en las estrellas de su grupo de amigos. Sólo hieren a miles de perros que pasean al día siguiente por ese mismo parque.
Su segundo de incomprensible gloria destructiva causará enormes rajas en las patas de los perros. Estoy segura de que a la mayoría de los adolescentes les gustan los animales y no saben lo que acarrea su comportamiento. Esto es el día después, que ellos no ven, de su botellón. Coco ha estado este año a punto de quedarse cojo. Es un pastor alemán mestizo, de 6 años. Y lo que más le gusta es correr detrás de las pelotas de tenis, las suyas y las ajenas. Por poco no puede hacerlo más. Un cristal roto le causó una raja de siete centímetros muy cerca de un tendón. «Ha tenido suerte», me dice la veterinaria después de darle ocho o nueve puntos. «Pues menos mal que esto es suerte», pienso yo.


El perro, esclavizado con una campana isabelina 18 horas al día, con la que no sabe ni andar ni sentarse porque no tiene visión lateral. El primer día consigue quitársela y se come todos los puntos. Y ya no se los pueden coger de nuevo, no hay carne suficiente. «Bueno, tardará más en cerrarse y quedará más feo, pero cerrará. Cuidado con que no se le infecte». Un mes y medio con curas, vendas... Todo por un cristal de una botella de whisky que un joven rompió. Pero Coco no es ni mucho menos un caso único. Cualquier perro que salga habitualmente a pasear por parques donde se celebran botellones, se corta una media de una o dos veces al año.


Si tienen mala pata, como Gordon, más. Este año van tres, porque es un galgo y le gusta mucho correr. En tres carreras Gordon recorre el parque y también la estúpida geografía de las botellas partidas. Su dueño se indigna al contar la de veces que ha acabado en el veterinario por esta inútil práctica. Si le tienen que poner puntos, hay hasta que anestesiarlo. Riesgo, dolor, dinero tirado... «Y como sea fin de semana, te han arruinado el mes. Hay que llevarlo a urgencias. Mínimo, 300 euros».
Estos días pasa por esta mala experiencia también una pastora alemana de seis meses, Kokó. Hace mucho calor y se metió en un estanque a refrescarse. Al salir llevaba la pata ensangrentada. Alguien había arrojado una botella de alcohol al agua y se había partido dentro. Lo malo es que es una cachorra y no para de correr, a pesar del dolor. La herida no cierra.
Lo cierto es que en estos casos los perjudicados son los perros, por los que ninguna autoridad se moviliza, pero también podrían ser niños o alguna pareja que se tumbara en el césped. La policía local, que pone multas por hacer botellón, raramente lo hace por arrojar botellas «porque es muy difícil pillarlos in fraganti», explica una portavoz del ayuntamiento de Madrid. ¿Qué hacer entonces?
Cobrar por reciclar.
El reciclaje de las botellas podría ser una solución, como ocurre en otros países europeos. Si devuelves la botella de cristal vacía, recuperas parte del dinero. Y esto puede ser un aliciente para jóvenes que miden al céntimo su propina. Se hace también con el plástico y con las latas. Hay máquinas clasificadoras en las que introduces la botella y te devuelve el dinero. Mínimo, 25 céntimos. Si no reciclas, lo pierdes. Quien contamina, paga más cara su bebida. En Alemania se recuperan así al año 16 000 millones de envases.
Concienciar.
Pero mientras la Administración no estimule sistemas ecológicos como éste, sólo queda concienciar. Yo lo intento cada tarde del fin de semana en mi parque. Cada vez que veo un grupo de chavales aún no del todo «perjudicados», me acerco.
¿A vosotros os gustan los perros? Les digo sonriendo. Están medio borrachos ya a las 8 de la tarde. Apuran una botella de ron y otra de whisky.
Sí, claro, claro... Contestan, pensando: «a ver por dónde nos va a salir ésta».
¿Os puedo pedir un favor? No partáis las botellas en el suelo, porque los perros se cortan las patas.
Ah, claro, claro, no se preocupe...
A la mañana siguiente vuelvo a pasar por el sitio, la botella está partida. Como puedo recojo los trozos preguntándome ¿por qué? El día que haya una huelga de limpieza de parques y se lastimen con sus propios cristales rotos igual evalúan el daño que siembran al alfombrar de miles de cristalinos cuchillos el césped de nuestros parques.